Existe una justicia inmutable e inmortal, anterior a todos los imperios: Justitia perpetua est, et inmortalis; y los oráculos de esta justicia, promulgados por la razón y escritos en los corazones humanos, nos revisten de derechos eternos.
Cumana Profetisa que desde tu honda y misteriosa cueva, de furor agitada, y en éxtasis sublime enajenada, oráculos terribles revelaste, ¿por qué no levantaste de la tumba, do yaces tantos siglos, la venerable frente, y la sagrada lengua desatando, por qué no presentaste los imperios caídos, y los cetros rompidos sobre el sepulcro triste y pavoroso?, y ¿por qué no turbaste el gozo de tu Nápoles, (cantando el funeral destino que arrastraba a las playas ibéricas su hija), cuando fió a las olas la reina de las gentes españolas?
¡Ojalá que los oráculos de los naturalistas, así como están llenos de falsedad y de injusticia, estuvieran también vacíos de daños y calamidades!
Somos los guardianes de los sagrados oráculos, y la gente nos escucha y no replica, porque nuestra voz, para ellos, es la voz de Dios.
Esta deidad, dice el filósofo antes citado, que por desgracia de los humanos, rara vez influye en las especulaciones de las rentas, la justicia que siempre se une a los verdaderos intereses de las naciones y de los pueblos, que al que consulta sus oráculos le presenta las reglas y los medios para levantar la felicidad de los hombres de los estados, no sobre las vacilantes ruedas de los intereses privados, sí sobre los fundamentos eternos del bien común; la justicia, digo, no puede ver sin horror un atentado tan manifiesto contra los más sagrados derechos de la propiedad y libertad del hombre y del ciudadano, un atentado prescripto, autorizado y legitimado por la pública autoridad.

Este, no conociendo los oráculos de los dioses, construyó las naves bien proporcionadas de Alejandro, las cuales fueron la causa primera de todas las desgracias y un mal para los teucros y para él mismo.

Los más valientes —los dos Ayaces, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos— ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se lo indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.

Conocidos son los documentos antiguos e importantísimos en los cuales se afirma que Dios —que habló primeramente por los profetas, después por sí mismo y luego por los apóstoles— nos ha dado también la Escritura que se llama canónica(4), y que no es otra cosa sino los oráculos y las palabras divinas(5), una carta otorgada por el Padre celestial al género humano, en peregrinación fuera de su patria, y transmitida por los autores sagrados(6).

Y juntando a esto la proposición de naturaleza, ´con naturaleza se contenta la naturaleza, y con ella misma se ayuda’, y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban la redución de la primera materia y al cabo reducían su sangre a la postrera podre, y en lugar de hacer del estiércol, cabellos, sangre humana, cuernos y escoria, oro, hacían del oro estiércol, gastándolo neciamente.

Estos fueron los principios de la elocuencia, éstos sus templos; con este hábito y culto se introdujo, para bien de los mortales, en aquellos castos pechos aún no contaminados de vicios; así lo afirmaban los oráculos.
Yo arreglaré la diferencia de Orestes con la ciudad, puesto que por mí mismo le obligué a matar a su madre. ORESTES ¡Oh profeta Loxias, no eras, pues, un falso, sino un veraz adivinador en tus oráculos!
Nos Amo. Gracias